
Tal vez sea Platero y yo. Elegía andaluza (1917) la obra más popular de cuantas escribió, con pesadísimos retoques, alteraciones, pulimientos, incluso intentos de destrucción , el poeta Juan Ramón Jiménez (1881 - 1958), Tradicionalmente considerada lectura infantil (y consecuentemente obligatoria en los colegios españoles) no es, sin embargo, un libro para niños. Y para darse cuenta de esto, tan sólo hay que leerlo. No en vano, el grueso de la producción poética de Juan Ramón estaba ya publicado para cuando se escribió Platero y yo, habiendo afirmado su autor "yo nunca he escrito ni escribiré para niños". La confusión procede, sin duda, de una mala lectura del prólogo que antecede a todas las ediciones modernas del libro. Hay que saber que este prólogo, titulado "Advertencia a los hombres que lean este libro para niños", sólo tiene sentido en el contexto en el que se escribió, es decir, para una edición recortada para niños que se publicó con 63 de los 138 capítulos de la obra completa, en 1914; antes, por tanto, de la edición "verdadera" de Platero y yo.
Probablemente muchos de los que leyeron Platero y yo en alguna remota etapa infantil conserven una idea del libro deformada por lo lejano del recuerdo. Pero aún es más probable que entonces la obra les resultara ininteligible más allá de la anécdota. No preparados para apreciar la belleza del artificio lingüístico, los niños desprecin a Platero por inocente y a su autor por cursi. Desde luego, Platero y yo es una obra inclasificable: no se trata de una novela, aunque no carece de cuerpo narrativo, incluso temporal (un año transcurre entre las páginas del libro), su configuración en breves capítulos semiindependientes entre sí le ha valido la absurda denominación de "poema en prosa".
Releer Platero y yo con la mente adulta puede ser una grata experiencia para quienes deseen retallar su concepción errónea de la obra, porque ahora sí estarán capacitados para apreciar la belleza de las palabras sin ningún fin más que ellas mismas, la sutil crítica social de algunos pasajes, lo trabajado de las descripciones, la adjetivación sorprendente, la melancolía modernista, preciosista, detallista, la luz y el color cambiante del campo, la ingenuidad y malicia de los niños, los sobreentendidos adultos apenas desvelados, la alegría y la muerte.
TARDE DE OCTUBRE
Han pasado las vacaciones y, con las primeras hojas amarillas, los niños han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa, también con hojas caídas, parece vacío. En la ilusión suenan ruidos lejanos y remotas risas...
Probablemente muchos de los que leyeron Platero y yo en alguna remota etapa infantil conserven una idea del libro deformada por lo lejano del recuerdo. Pero aún es más probable que entonces la obra les resultara ininteligible más allá de la anécdota. No preparados para apreciar la belleza del artificio lingüístico, los niños desprecin a Platero por inocente y a su autor por cursi. Desde luego, Platero y yo es una obra inclasificable: no se trata de una novela, aunque no carece de cuerpo narrativo, incluso temporal (un año transcurre entre las páginas del libro), su configuración en breves capítulos semiindependientes entre sí le ha valido la absurda denominación de "poema en prosa".
Releer Platero y yo con la mente adulta puede ser una grata experiencia para quienes deseen retallar su concepción errónea de la obra, porque ahora sí estarán capacitados para apreciar la belleza de las palabras sin ningún fin más que ellas mismas, la sutil crítica social de algunos pasajes, lo trabajado de las descripciones, la adjetivación sorprendente, la melancolía modernista, preciosista, detallista, la luz y el color cambiante del campo, la ingenuidad y malicia de los niños, los sobreentendidos adultos apenas desvelados, la alegría y la muerte.
TARDE DE OCTUBRE
Han pasado las vacaciones y, con las primeras hojas amarillas, los niños han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa, también con hojas caídas, parece vacío. En la ilusión suenan ruidos lejanos y remotas risas...
Sobre los rosales, aún con flor, cae la tarde, lentamente. Las luces del ocaso prenden las últimas rosas y el jardín, alzando como una llama la fragancia hacia el incendio del poniente, huele todo a rosas quemadas. Silencio.
Platero, aburrido como yo, no sabe qué hacer. Poco a poco se viene a mí, duda un punto y, al fin, confiado, pisando seco y duro en los ladrillos, se entra conmigo por la casa...