
Hablar y pensar en voz alta, es decir, expresar el sentir íntimo y las convicciones personales, es algo que sigue molestando en general hoy en día. Todos hemos oído exhortaciones como: "Tú puedes opinar lo que sea, pero te lo guardas para ti", o "Está claro que cada cuál tiene su opinión, si tú no me vas a convencer ni yo a ti, ¿para qué sirve discutir?" Es penosamente habitual escuchar invitaciones al silencio, sobre todo de quienes tienen opiniones contrarias, en la España de hoy, y sobre todo también cuando esas opiniones se agrupan bajo el odioso (semántica y lingüísticamente) marbete de lo "políticamente incorrecto". Efectivamente, según mi opinión, la libre expresión es algo que hiere y ofende todavía. No hay más que atender al secuestro de ejemplares satíricos (una práctica decimonónica nada anormal) y a todas las formas de terrible censura que vivimos continuamente en televisión, radio, prensa... La censura se extiende por la familia, amigos, compañeros de trabajo o participantes del turno en la pescadería. En España no se puede hablar a viva voz, y casi nadie se resiste al subyugante atractivo de la figura de censor.
La diferencia entre la censura de hoy y la de antaño es que (de momento) la de hoy no cuesta la vida. Por los tiempos en que se ambienta la novela de Miguel Delibes El hereje (1998), dudar de ciertas consignas era el primer paso hacia el patíbulo. Muy poco mencionada por la crítica por el barniz de best seller que siempre matiza las esquinas del (mal) llamado "género histórico", lo cierto es que la fría acogida que el público lector brindó a El hereje demuestra que la novela no es tan sencilla ni tiene tantas concesiones a la narración frívola como cabría esperar.
Delibes defiende, a través de la historia de un grupo de protestantes vallisoletano en los tiempos de la Reforma, la idea de que la libertad de pensamiento de la que gozamos hoy tuvo que ser ganada vida a vida, desde los tiempos oscuros de la injusta imposición ideológica y moral.
El hereje es una novela muy firme, muy estable, sin fisuras y perfectamente documentada. La prosa se rinde a la aparente sencillez estilística de Delibes, que es más bien una precisión verbal y adjetival admirable. El tierno rigor exhibido en la pintura de personajes, en la prospección psicológica de los mismos, la ironía, la acidez y la rabia que comparte a veces, unida a una posición ideológica claramente determinada y fieramente defendida, hacen de esta novela de tesis una obra de lectura edificante, imprescindible.
El cuadro es de Julio Ruelas (1870 - 1907), obtenido de la web www.mexartmasters.com
La diferencia entre la censura de hoy y la de antaño es que (de momento) la de hoy no cuesta la vida. Por los tiempos en que se ambienta la novela de Miguel Delibes El hereje (1998), dudar de ciertas consignas era el primer paso hacia el patíbulo. Muy poco mencionada por la crítica por el barniz de best seller que siempre matiza las esquinas del (mal) llamado "género histórico", lo cierto es que la fría acogida que el público lector brindó a El hereje demuestra que la novela no es tan sencilla ni tiene tantas concesiones a la narración frívola como cabría esperar.
Delibes defiende, a través de la historia de un grupo de protestantes vallisoletano en los tiempos de la Reforma, la idea de que la libertad de pensamiento de la que gozamos hoy tuvo que ser ganada vida a vida, desde los tiempos oscuros de la injusta imposición ideológica y moral.
El hereje es una novela muy firme, muy estable, sin fisuras y perfectamente documentada. La prosa se rinde a la aparente sencillez estilística de Delibes, que es más bien una precisión verbal y adjetival admirable. El tierno rigor exhibido en la pintura de personajes, en la prospección psicológica de los mismos, la ironía, la acidez y la rabia que comparte a veces, unida a una posición ideológica claramente determinada y fieramente defendida, hacen de esta novela de tesis una obra de lectura edificante, imprescindible.
El cuadro es de Julio Ruelas (1870 - 1907), obtenido de la web www.mexartmasters.com